Testimonios
Desde Mozambique
Desde Mozambique: Carla, misionera Comboniana, comparte el gozo de tener a su hermana Maureen, también Comboniana, en el mismo país.
Soy Carla Mora Agüero, natural de Costa Rica. Tengo 35 años y entré en la Congregación de las Misioneras Combonianas, en Ecuador el año 1993 y allí hice todo el periodo de la formación. La formación profesional la continué en México y en Portugal. Después de la profesión perpetua fue destinada a Mozambique, donde actualmente me encuentro.
Mi hermana gemela, Maureen, decidió seguir este mismo camino y entró a esta Congregación de las Misioneras Combonianas, dos años después de mí. También ella hizo la formación en Quito (Ecuador) y completó los estudios en roma y Portugal. Juntas hicimos la profesión perpetua en Italia.
Maureen y yo estamos ahora en el mismo país. Esto forma parte de los grandes misterios de la vida que no solemos comprender y que la mayoría de las veces nos sobrepasa. Este deseo de estar con mi hermana gemela, en la misma misión, era uno de los grandes secretos que yo guardaba siempre en mi corazón.
Recuerdo que cuando me encontraba en Ecuador me decía a mí misma: “Si Maureen viese esto o escuchase aquello…” Y solo muchos años después es cuando Dios me concedió aquella petición profunda, de que mi hermana viviera aquello o algo parecido a lo que yo estaba viviendo; lógicamente, me refiero, a las alegrías que conlleva ser misionera comboniana, y ante todo, ser consagrada al Señor para la Misión.
Fue muy hermoso que hiciésemos el viaje juntas y aún más hermoso que llegásemos al continente africano juntas. Puede parecer una tontería, pero digo esto porque es lo que siempre había soñado.
Contemplar a las dos unidas en esta realidad: las personas, los niños, las calles, la ciudad de Nampula y hasta la sencillez de una gallina con sus pollitos pasando por las calles tranquilamente. Todo esto y muchas más cosas, que no se pueden explicar con palabras, lo vives con pasión desde lo profundo del ser y para la persona que lo ha deseado desde hace tiempo, tiene un gran valor y significado.
Las dos nos encontramos bien y felices. Maureen ahora está a muchas horas de distancia de donde yo me encuentro. La misión se llama Mangunde y allí es responsable de un hogar de niñas que desean estudiar y para ello, estas adolescentes tienen que vivir fuera de sus casas durante el tiempo de la escuela.
De mi, ¿Qué decir?; pues que hasta el día de hoy lo he pasado muy bien. En lo que se refiere a mi trabajo, lo que estoy haciendo son prácticas en el hospital para refrescar todo lo aprendido. Por el momento no tengo contrato, pero espero trabajar en este hospital y servir en el campo que me formé.
Os confieso que me siento “la más ignorante del mundo”, a pesar que estudié tantos años. Aquí, hay momentos que se experimenta una gran impotencia viendo tanta gente enferma, pocos medios y que no puedes hacer nada, no obstante la buena voluntad que, en la mayoría de las veces, no sirve para mucho.
Incluyendo todo esto, la VIDA ES BELLA y por eso tiene sentido todo lo que vivimos.
Ahora estoy aprendiendo la lengua Macúa, que es indispensable para el servicio que haré como enfermera en el hospital, de lo contrario te sientes al margen de la gente. Ya os seguiré diciendo como nos va la vida.
CARLA MORA AGÜERO
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DE KENIA a ECUADOR
Maria José, Misionera Comboniana, se encuentra en Muisne, Ecuador, en la provincia de Esmeraldas. En una entrevista comparte: “Muisne es una isla pequeña, con 7.000 habitantes de diversas etnias: indígena, afroecuatoriana y mestiza. Se encuentra cerca de la costa, a cinco minutos de navegación sobre una ‘lancha’ donde caben de 30 a 50 personas.
“Llegué a esta misión de Ecuador en noviembre de 2008 y empecé a moverme en la Pastoral catequética, a acompañar el grupo de catequistas, en la mayoría mujeres, solo hay dos catequistas varones porque los hombres en general van poco por la Iglesia.
Conversando con las catequistas descubro los valores de las mujeres y también los problemas de las familias y en particular las dificultades entre hombre y mujer, entre padre e hijos.
Sin embargo las mujeres tienen un gran sentido del humor. Las dificultades no les impiden vivir la vida en sus aspectos mejores, hacer fiestas y gozar de los momentos de convivencia y alegría.
La pastoral es un trabajo nuevo para mí; había trabajado en las escuelas en Kenia, mi primera misión, que fue África. Esta actividad me gusta por dos cosas: la facilidad de entrar en contacto con la realidad de la gente y porque siento que mi presencia es como un cojín donde las mujeres se apoyan, o sea, me comparten sus experiencias de vida y yo las escucho con mucha atención, a veces con algún consejo y otras me quedo en silencio”.
Mª José, originaria de Ciudad Real (Castilla la Mancha), conoció a las Misioneras Combonianas en Madrid, cuando era estudiante universitaria en la Facultad de Ciencias Físicas, y a través de una compañera que ya frecuentaba la comunidad Comboniana.
Entró en la Congregación de las Misioneras Combonianas en 1996 nada más acabar sus estudios y después del Noviciado (tiempo de formación) en Brescia (Italia) salió para Londres donde estudió el inglés. Enseguida partió para la misión de Laisamis entre los Samburu, en el norte de Kenia y también trabajó en las escuelas de la misión de Kacheliba entre la población Pokot en la frontera con Uganda.
“Mi experiencia entre los jóvenes de África - continúa Mª José - fue muy enriquecedora: mientras yo enseñaba ciencias, física, química, biología…, ellos me ayudaban a luchar y me empujaban a promoverles más en sus vidas.
De Kenia a Ecuador he dado un salto no indiferente, pero la vida de la Misionera Comboniana es así y a mí me gusta. Por eso digo SÍ para siempre”.
FIESTA POR SU SÍ PARA SIEMPRE
El 15 de agosto, fiesta de la Asunción de María, la hermana Mª José Carrero Viñas dio su sí definitivo a Cristo para la misión ad gentes.
Este acontecimiento fue motivo de alegría para sus padres, que vinieron desde España a Ecuador para este evento: ellos la apoyaron desde el inicio de su vocación y la acompañaron donde quiera que ella estuvo: España, Italia, Kenia, Ecuador.
Fue también motivo de alegría para las Hermanas Misioneras Combonianas apoyarla en la Animación Misionera de las escuelas, colegios y grupos parroquiales, durante una semana previa a la profesión perpetua.
Finalmente la comunidad parroquial de San Luís Gonzaga, donde Mª José trabaja, también se vistió de fiesta, porque en ella vieron realizado el mandato de Jesús: “Id por todo el mundo y anunciad a todos los pueblos lo que Yo os he enseñado…” (Mt 28, 19).
La Eucaristía fue presidida por Monseñor Eugenio Arellano, Misionero Comboniano y ahora Obispo de la Diócesis de Esmeraldas, quien a través de su homilía animó a Mª José a mantenerse fiel a su vocación y a todo el Pueblo de Dios, a tomarse en serio la Misión Continental, recientemente iniciada en la diócesis.
Después de la celebración toda la comunidad parroquial, allí presente, degustó un sabroso refrigerio.
Desde Quito: Daniela Maccari y Montse García (Misioneras Combonianas).
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Un horizonte nuevo: El Sur del Sudán
Hablo de un horizonte, una vida, que tiene su inicio y traducción años atrás.
Apoyada en la llamada recibida, cerca de los años setenta, me agrupé y vinculé al Instituto de las Misioneras Combonianas, un referente misionero que impulsó mis aspiraciones y dio respuesta a los deseos de mis 22 años de edad. Quería el máximo en mi realización personal. Tenía condiciones naturales e idóneas para ello y una trayectoria e historia de fe recibida de la familia, inmejorable. Además, buscaba lo más atractivo para ubicarme: La misión, clave para poder entrar en ese circuito de los pobres, ese espacio de referencia donde se encuentran la sabiduría de Dios y de la vida. Quería dar y recibir de estas gentes la libertad y la alegría que da el Evangelio.
Para ello tuve que formarme, prepararme, desarrollar mis talentos, abrirme a nuevos retos, dejar cosas muy buenas y loables por otras más convenientes y específicas. Acoger lo que la nueva familia y comunidad me proponía y que la sociedad y los tiempos dictaban. En Madrid, Italia, Londres, Egipto y Etiopia me formé y preparé profesionalmente. Conocí nuevas culturas y aprendí varias lenguas.
No estaba sola en esta “carrera misionera”. Consolidada y respaldada por Alguien muy especial, por mi familia, por la historia y la vida de muchas de mis compañeras misioneras que estaban conmigo y otras que me habían precedido, me asignaron y me lancé a mi 1ª misión: Rumbek, capital de la Provincia de Los Lagos, en el Sur del Sudán, lugar que incluye el vasto Sudd o “swampy area”, una de las zonas pantanosas más extensas y bellas del mundo.

Apenas llegué a esta ciudad, sentí que este era mi lugar, el que siempre había soñado. Aquellas gentes de alta estatura, porte y rostro fino, bello y elegante me fascinaron. Gentes de carácter altivo, orgulloso, noble y luchador que se consideraban la raza perfecta y se definían a si mismos como: “The man of men”.
Cuando entré en la “nueva” casa encontré huellas que la guerra había dejado años atrás. Y, en la mente y en el corazón de sus gentes, el espíritu de las misioneras expulsadas seguía vivo, real. Sus memorias y recuerdos eran narrados y cantados por la gente, como lo hacen con el ganado más preciado o con la joven que se va a casar.
Estas misioneras habían valorado la dignidad, la capacidad y el corazón de estas gentes. Habían desarrollado su misión evangelizadora en un sector altamente amado por todas nosotras: los alejados, pobres y excluidos.
Vi lo que habían sido la escuela, el hospital, la iglesia. Solo quedaban ruinas, destruidas y abandonadas por la guerra. El recuerdo de aquellas mujeres que me habían precedido, vibraba allí. Esto me alentó y ayudó a seguir sus pasos por estas sendas de difícil acceso, pero seguras y bellas entre la etnia nilótica DINKA.
Entre esta tribu pase años inolvidables. Encontré gente amiga donde compartir mi vida y tarea y hacerlo con gusto y a gusto como misionera y enfermera, en el máximo respeto, amor y competencia.
Con el tiempo la situación política del país se fue deteriorando. Injusticias, religión e intereses del gobierno central del Norte y las etnias del Sur, dieron como resultado el reinicio de la guerra.
Cuando nos dieron permiso para regresar de nuevo a Sudán, esta vez la misión a la cual me enviaron fue Nzara, en West Equatoria, zona ocupada por la guerrilla nilótica Nuer/Dinka. Por varios años, los combates entre el Norte y el Sur se sucedieron y prolongaron hasta el 9 de enero de 2005, fecha en que ambas partes firmaron un acuerdo de Paz que los comprometía a finalizar la guerra.
En este tiempo y lugar aprecié el valor y el goce de la vida en comunidad, el apoyo, la solidaridad y el cariño que se necesitaba para vivir, junto al pueblo, en zonas de combate y de guerra.
Otro hecho fue sentir la impotencia y el dolor ante la situación y las necesidades de la gente que te superaban, por carecer de los medios básicos de supervivencia y de personal. O cuando, haciendo el bien, podías ser mal interpretada.
Aún en estas circunstancias, la gente sencilla y sabia, me hizo entender muchas cosas. Supo sacar el bien del mal, sobre todo, en la esperanza de los que esperan contra todo evidencia, en el compartir lo poco o nada que tienen entre ellos y con nosotras, en el apoyo sereno que sientes que ellos te manifiestan, porque participas en su causa y, en la confianza que depositan en esa Presencia segura que no abandona a nadie y, menos a ellos, y que nunca lo hará. Estas y otras virtudes permanecen inamovibles entre esta gente, aún en las circunstancias más adversas y el dolor más profundo del alma.
Estas son algunas de las sorpresas que El Señor me tenía reservada en el nuevo horizonte que El me invitaba a seguirlo 40 años atrás.
Milagros Zabalza Erice (Misionera Comboniana) |
Testigo de una masacre-GAZA
Soy Misionera Comboniana por vocación y enfermera de profesión. No soy periodista, ni me ocupo de análisis político. Quizás por este motivo me cuesta encontrar las palabras adecuadas para describir las imágenes dantescas que se han quedado impresas en mi memoria desde que entré en la Franja de Gaza.
Llegué a Gaza unos días después de la retirada del ejército israelí (no consigo llamarla “tregua”, ni mucho menos “fin de las hostilidades”, como pregonan los medios de comunicación occidentales, maestros en el arte del eufemismo). Formaba parte de una misión internacional promovida conjuntamente por la organización israelí Médicos por los Derechos Humanos (PHR), y su socio palestino, la Sociedad Palestina de Asistencia Médica (PMRS).
Los otros miembros de la misión eran dos forenses-patólogos (uno de nacionalidad sudafricana y el otro danés); un cirujano pediátrico holandés, especializado en casos de trauma infantil, y un experto en salud pública alemán, todos ellos con más de veinte años de experiencia en África y América Latina. Mi trabajo dentro del equipo era colaborar en el campo de la Salud Pública, y hacer de intérprete y “mediadora cultural”, sirviéndome de mi experiencia en el mundo árabe.
Pasar la temida frontera Ereiz nos costó varios días de espera y ansiedad, hasta superar las numerosas trabas burocráticas... ¡y más de nueve horas de interrogatorios y registros, para algunos miembros del equipo! Al otro lado de un larguísimo pasillo enrejado, una devastación enorme: la Franja de Gaza después de 23 días de salvaje ofensiva del cuarto ejército más potente del mundo sobre la población civil de estos “dos palmos de tierra” (apenas 40 km de largo por una media de 10 de ancho), uno de los más densamente poblados del Planeta (una media de 3.227 hab. /km²).
Unos días antes de mi viaje a Gaza un amigo me pasó un artículo titulado ”Plomo impune”, del gran escritor latinoamericano Eduardo Galeano, publicado en el periódico italiano Il Manifesto (jueves, 15 de Enero). Entre los ríos de tinta derramados para justificar y describir esta masacre (que me niego a llamar guerra), las palabras de Galeano me interrogaron fuertemente:“(...)
Para j ustificarse, el terrorismo de estado fabrica terroristas: siembra odio y recoge pretextos. Todo indica que esta carnicería de Gaza, que según los autores pretende derrotar a los terroristas, conseguirá en realidad multiplicarlos. (...) No hay guerra invasiva que no se declare “defensiva”. Hitler invadió Polonia para que Polonia no invadiera Alemania. Bush invadió Irak para que Irak no invadiera el mundo.
En cada una de sus guerras “defensivas” Israel se ha anexionado nuevos territorios palestinos, y el abuso continúa. Su avidez se justifica con títulos de propiedad que le concede la Biblia, por los dos mil años de persecución que ha sufrido el pueblo hebreo, y por el pánico que les producen los palestinos que tienen delante. El ejército español no hubiera podido bombardear impunemente el País Vasco para extirpar a ETA, ni el ejército británico hubiera podido arrasar al suelo de Irlanda para eliminar al IRA. ¿Es que la tragedia del Holocausto comprende una póliza de impunidad eterna? (...)
Y como siempre, en Gaza, ciento por uno: por cada cien palestinos muertos, un israelí (la mayor parte de las víctimas israelíes han muerto a manos de “fuego amigo”). Gente peligrosa, advierte otro bombardeo, el de los medios de manipulación de masas, que nos invitan a creer que una vida israelí valga como cien palestinas. El ejército israelí, el más moderno y sofisticado del mundo, sabe a quién mata. No mata por error. Mata por horror. Las víctimas civiles ahora se llaman “daños colaterales”, según el diccionario de otras guerras imperialistas. En Gaza de cada diez “daños colaterales”, tres son niños pequeños. Y se cuentan a millares los mutilados, víctimas de la tecnología del descuartizamiento humano que la industria militar está probando en esta operación de limpieza étnica (...).”
Mientras leía y me dejaba interrogar por estas provocaciones, no hubiera imaginado nunca que parte de nuestra misión sería precisamente verificar la masacre de los niños, visitar decenas de amputados en los hospitales y entre los escombros de sus casas, recoger sus testimonios estremecedores, documentar el origen de sus heridas, producidas, en muchos casos, por nuevos y diabólicos productos de la siempre floreciente industria de la muerte. Sus efectos devastadores, incluidos los de armas químicas como el fósforo blanco y bombas anti-persona, los hemos encontrado por todas partes.
Con este propósito, quisiera dar voz a la súplica del Dr. B.A.S., Director del Servicio de Urgencias del Hospital Al-Awda, al Norte de Gaza: “No habléis del uso de armas ilegales. Si lo hacéis, “legalizáis” el uso de las armas convencionales contra los niños y contra civiles indefensos. Incluso una flor, sí, una flor, si se la lanza a un niño y le mata, se convierte en un “arma ilegal”. Y son muchos, demasiados, los niños asesinados en Gaza: dos tercios de las 1385 víctimas mortales reconocidas por el Ministerio de la Sanidad y confirmadas por la OMS son mujeres y niños. Muchos más aún, son los que en esta operación militar han perdido sus casas, sus familias, sus sueños e incluso partes de sus pequeños cuerpos.
Nos lo cuenta con inquietante lucidez D.A.B., después de que el misil que hizo saltar por los aires su fiesta de cumpleaños segase la vida de sus hermanas y su brazo izquierdo: “Nosotros, los niños de Gaza, no somos como los otros niños. Dormimos siempre todos juntos, abrazados los unos a los otros en la misma cama, por miedo a los F16 que sobrevuelan continuamente nuestras casas vomitando sobre nosotros su cargo de muerte y de destrucción. Y no hablo sólo de esta guerra. Hemos crecido así: sin luz y sin agua, cada vez que los israelíes deciden córtanos la electricidad; con el terror continuo a los ataques de castigo con los que el ejército israelí responde a los misiles de Hamas. Han bombardeado mi escuela tres veces en dos años. No tenemos derecho a estudiar ni a soñar un futuro mejor. Ni siquiera a celebrar mi 15º cumpleaños tenía derecho…”
De la otra cara de esta tragedia, de los efectos devastadores del asedio y de la masacre indiscriminada sobre la psique y la memoria de los más pequeños, nos ha hablado M.B., de sólo 6 años de edad, que ha escapado ileso del ataque aéreo que arrasó su casa en Jabaleiah (norte de Gaza), arrancando la vida de dos de sus hermanas y un hermano, y mutilando gravemente algunos otros miembros de la familia: “M. no quiere volver al colegio, sólo piensa en ir a luchar”, nos comentaba preocupada la que un día fue madre de siete hijos; y con la fuerza y la dignidad que corona a muchas mujeres palestinas, intentaba convencerlo: “Mira, ¿no te gustaría ser médico de mayor, como estos señores?” “No, -respondió el pequeño con decisión-, yo quiero luchar contra los malos y vengar a mis hermanos”. Cruzamos una mirada, y se apoderó de nosotros la amarga certeza de que en el corazón de estos niños, que constituyen más del 50% del millón y medio de habitantes de Gaza, se ha sembrado abundantemente la simiente de un futuro sangriento en Oriente Medio.
Otro aspecto de nuestra misión era verificar los ataques a ambulancias e instituciones médicas por parte del ejército israelí, en particular el violento ataque al hospital Al Quds, uno de los más gravemente afectados. En el momento del ataque, en este hospital se habían refugiado unas 400 mujeres y niños, por indicación de las Fuerzas de Ocupación Israelí (IOF), después de haber permanecido varias horas como rehenes en sus casas durante la ocupación del barrio.
Especialmente doloroso y ultrajante ha sido el rechazo reiterado de las autoridades israelíes a conceder los permisos necesarios para evacuar los muertos y heridos en los ataques. Hemos preguntado al respecto al Director de la Cruz Roja Internacional (IRCS) en Gaza, último responsable de coordinar con las autoridades israelíes el rescate de las víctimas. Confirmando los testimonios del personal de los servicios de emergencia y conductores de ambulancias, el Director de la IRCS nos confesó que él mismo había participado en peligrosas misiones de rescate de heridos, en casos particularmente dramáticos, después de haber fracasado en el intento de obtener los permisos necesarios.
Tristemente famoso se ha convertido el caso de R.N., a quien dispararon mientras escapaba de su casa en el sur de Gaza llevando una sábana blanca a modo de bandera, y murió desangrada después de ocho horas de inútiles intentos y repetidas peticiones de evacuación para trasladarla al hospital.
La gravedad de estas violaciones del Derecho Humanitario Internacional y de la Convención de Ginebra han llevado a la Cruz Roja Internacional a romper el “principio de neutralidad”, fuertemente enraizado en el espíritu de la organización, y a promulgar un documento que denuncia el rechazo de la autoridad israelí a conceder los permisos necesarios para rescatar a las víctimas, y los ataques sistemáticos a las ambulancias y al personal médico y paramédico durante el desarrollo de sus funciones. 16 médicos y paramédicos han perdido la vida en acto de servicio durante las tres semanas de ofensiva. Los heridos se cuentas a decenas, y es difícil encontrar un conductor de ambulancias que no pueda contar tres o cuatro experiencias personales de ataques durante las evacuaciones.
Un hecho determinante en la decisión de la IRCS de publicar este documento-denuncia fue el caso de la familia Samouni. Los miembros de este clan, que vivían en la misma zona del Zeitoun (al centro de la Franja de Gaza) fueron reagrupados por los soldados israelíes en algunas de sus casas, donde los retuvieron como rehenes durante tres días, sin comida ni agua. Una de estas casas, donde se encontraban más de 60 personas fue bombardeada hasta su completa destrucción, causando la muerte de 49 personas, la mayor parte mujeres y niños, todos ellos pertenecientes a la familia Samouni.
Cuando, después de cuatro días de extenuantes discusiones, finalmente se concedió el permiso al paso de las ambulancias, aún se encontraron supervivientes entre los escombros. Muchos otros podrían haberse salvado si se hubiera intervenido a tiempo. Los equipos de la Cruz Roja encontraron en una habitación medio derrumbada cuatro niños pequeños vivos, tan exhaustos que no se tenían en pie, aferrados a los cadáveres de sus madres, que con sus propios cuerpos los habían protegido y salvado de una muerte cierta. ¿Cómo no hacer resonar las palabras de Galeano?:
“(…) Y la llamada Comunidad Internacional… ¿existe realmente? ¿Es algo más que un club de comerciantes, de banqueros y guerreros? ¿Es algo más que el “nombre de arte” que usan los EE. UU cuando hacen teatro? Ante la tragedia de Gaza la hipocresía mundial resplandece una vez más. Como siempre la indiferencia, los discursos inútiles, las declaraciones vacías, las declamaciones altisonantes y los comportamientos ambiguos rinden homenaje a la impunidad”.
Pero no todo es muerte y desolación en Gaza. Quiero dedicar estas palabras a los habitantes de Gaza: a todos aquellos que no se han rendido a los slogans arrogantes de la violencia (sea la violencia de Hamas o la del Gobierno Israelí); a quien ha comenzado a desescombrar los cascotes de su casa y de su vida, y está dispuesto a volver a empezar; a las muchas organizaciones que siguen defendiendo los derechos humanos (como Al Mizan, con la que hemos trabajado estrechamente en estos días); a los que siguen trabajando para la rehabilitación de los mutilados (como el Centro de Rehabilitación Della PMRS) o para aliviar los traumas y las heridas del alma (como el Programa Comunitario de Salud Mental de Gaza).
Quisiera honrar el valor y el compromiso de los Médicos Israelíes por los Derechos Humanos y la Sociedad Palestina de Asistencia Médica – co-promotores de nuestra misión - por seguir creyendo y arriesgándose en el camino de la colaboración, a pesar de pertenecer a dos mundos que se enfrentan desde hace más de 60 años.
Entre las señales más luminosas de esperanza, hemos admirado la solidaridad y la competencia de los colegas palestinos quienes, arriesgando la vida y descuidando sus familias, siguen llevando la asistencia médica a las zonas más perjudicadas y aisladas, ocupándose de los heridos, quemados y amputados que empiezan a retornar a sus casas. Nos ha llamado poderosamente la atención el compromiso y la infinita tristeza de los médicos y pacifistas israelíes que luchan y trabajan hasta el extremo en las oficinas de PHR en Tel Aviv, ganándose en muchos casos la incomprensión de sus familias y el ostracismo de su entorno social, con tal de seguir defendiendo la vida de los inocentes: en Gaza, en el Sur de Israel y en cualquier otra parte donde se les amenace.
Hemos compartido sus jornadas de trabajo, en contacto continuo con los despachos del Gobierno Israelí para obtener permisos y denunciar abusos; sus noches de insomnio, al teléfono con los heridos que, desde Gaza, imploraban la evacuación; hemos compartido sus lágrimas de rabia y de impotencia, su miedo a un futuro que podría convertir a sus hijos en asesinos o en víctimas… con personas como ellos, podemos esperar un futuro mejor.
Alicia Vacas
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DESDE ETIOPIA - Harowato, 2008
Queridos todos y todas: Os comparto un poquito de mi comienzo en este rincón de Etiopía donde he venido hace poco, después de trabajar unos años en otro lugar de este mismo país. En este lugar se ha iniciado un trabajo nuevo con la comunidad apostólica (Religiosa, religiosa y laica) para que la gente reconozca y valore su dignidad, ayudándoles a salir adelanta utilizando sus propios medios. El Guji (nombre que recibe la gente de este lugar) es orgulloso y trabajador, esto hace posible implantar el método “Self Reliance” (autonomía). Este método evita todo asistencialismo y ayuda a la gente a creer en si mismas y sus potencialidades.
No os oculto mi primera impresión al llegar a este lugar, es tan lejano y aislado de todo que yo quería echar a correr, además no entendía una palabra de la legua guji, (ahora empiezo a balbucear y soy el hazme reír, sobre todo de los niños) Todo era árido y frío… Yo me dije: Ah Señor, tú sabrás por qué me has hecho decir que sí para venir a este lugar que sólo me asusta, pero callaba así como callan las montañas en su silencio único… Poco a poco comenzamos a entendernos con los Guji, a mirarnos, a sonreír y comencé a leer el ritmo de su vida, en sus montañas, lejanía, abandono y pobreza…
Con todo, aquí se vive la vida sin ansias de poseer o multiplicar, y se celebra la muerte en sencillez y plenitud. Conozco aun poco de ellos, pero se están ganado mi corazón y están recreando mi vida y espíritu de mujer misionera. Resumiendo, me están evangelizando y dejo que Dios, a través de ellos, me muestre sus designios. Desde que llegué aquí mi vida junto a este pueblo se ha hecho oración permanente y me han mantenido tan cerca de Dios que me hacen recuperar mi espíritu indígena de orar en la vida y con la vida acogiendo los frutos de la “pacha mama” (madre tierra).
Mi trabajo es la escuela “Junior Sencondary School” y allí comparto mi vida con los alumnos /as enseñando inglés, (las demás materias se imparten en oromo, la lengua local). Somos 5 profesores: tres musulmanes, un ortodoxo y yo que llegué hace poco.
Es una escuela rica de presencia de niños, niñas y jóvenes (las familias son numerosas (8-10 hijos) con muchas ganas de aprender y salir adelante, pero no tienen una base educativa. Vienen con la ropita muy gastada y, la mayoría de las veces, con el estómago vacío…
Muchas veces he tenido que decir: Señor ayúdame a entrar en este misterio de pobreza que me parte el alma, me daban ganas de llorar cuando veía a los niños desprovistos de lo esencial que me dije: o yo no aguanto esto o tiene que suceder un milagro. Y el milagro sucedió y es que estos niños se ganaron mi corazón y me han enseñado a esperar en el Dios que no abandona a nadie y que sólo él tiene la última palabra.
Con todo tienen muchas ganas de aprender y venir a clase a la que acuden todos los días desde lejanos lugares. El resto del día lo pasan en los campos cultivando o cuidando sus cabras u otro ganado, hasta que a las 5 regresan a casa y tendrán la comida del día, juntos en familia.
Este es el grupo más numeroso de Etiopía, pero no es de la etnia del gobierno actual, por eso le conviene tenerlos en desventaja, pero ellos no se dejan, su dignidad no se lo permite y luchan hasta alcanzar lo que quieren.
Carol (misionera comboniana). |
La misericordia es la justicia: viaje al centro penitenciario de Albolote, Granada.
Cada sábado y domingo e incluso durante la semana una furgoneta de nueve plazas sale de la estación de autobuses de Granada con dirección a Albolote; ahí se encuentra el centro penitenciario.
En la furgoneta va Don Fernando Cañavate, capellán de la cárcel, un hombre que tanto en su aspecto físico como en su carácter une la dulzura de un mensajero de misericordia y la determinación del que lucha por la justicia y por la verdad. Las demás personas somos un grupo de voluntarios, dentro de ellos algunos héroes de bondad y ejemplos de fidelidad con 30 años o más dedicados al acompañamiento de presos y presas. Nosotras somos de las más jóvenes Silvia y Marianna postulantes misioneras combonianas.
En esta misma furgoneta invito al lector a subir para acercarse un poco más a esta realidad muchas veces desconocida y olvidada.
D espués de algunos controles obligatorios podemos entrar en el centro. Disculpad las palabras quizás fuertes, pero os aseguro que muchas veces entrar en la cárcel se parece mucho a algo como bajar a una cuidad- infierno. En esta ciudad viven personas que por algún motivo han cometido un error o unos errores a veces graves y por esto se les quita la libertad durante años.
La cárcel está poblada por alrededor 1800 internos, divididos en 14 módulos. La mayoría de los módulos son de hombres, pero hay dos de mujeres y uno de ellos de mamás con niños menores de tres años.
A medida que voy acercándome a estas personas, acompañando sus vidas y escuchando sus historias me voy dando cuenta de que cada hombre y mujer, a pesar de los errores o delitos que ha podido hacer, es un lugar sagrado, es un misterio de amor, es lugar de encuentro con Dios; y siguiendo un poco nuestro viaje invito ahora el lector a acercarse a ellos en silencio, de puntillas o tal vez como Moisés delante de la zarza ardiente, quitándose las sandalias.
Os presento a un amigo. Un preso de 40 años. Está en la cárcel desde que tenía 15 años. Está enfermo de V.I.H. y de hepatitis. Me promete su amistad hasta la muerte. Hace tiempo que me dijo ha matado a un hombre. Estaba bajo los efectos de la droga y robando un banco. Todas las noches recuerda ese trágico día. Me ha dicho que su vida se va transformado poco a poco. Dice que no cree en Dios, pero cree que muchas veces por milagro sigue pasando de la muerte a la vida.
Os presento a otros dos amigos. Sus madres dieron a luz el mismo día, en la misma cárcel. Ahora festejan sus cumpleaños juntos. Son jóvenes. Pero sus vidas están destrozadas y quemadas. Ya no saben como cambiarla. Dicen que necesitan ayuda pero que nadie se la está ofreciendo.
Os presento ahora a una amiga. Viene de Sudamérica: huérfana de madre y padre empezó a prostituirse por necesidad en su país y después en Europa. Por la vida dura pasada en la calle y, dice ella, por curar sus heridas empezó a beber y a consumir drogas. Ahora está en la cárcel con un niño pequeño.
Finalmente saliendo por el pasillo nos encontramos con un preso que no conozco. Se nos acerca. Saca un panecillo de chocolate que tiene envuelto en un papel. Nos lo ofrece. Está todavía caliente, lo tiene en su bolsillo. Nos lo ofrece sin pedir nada a cambio. Solo que lo recibamos. El es feliz de donarlo.
Si, como dicen los psicólogos, cada emoción y sentimiento es lícito ya que revela nuestra interioridad y aspectos de la realidad, puedo afirmar que como mezcladas y entretejidas han florecido y crecido en mi corazón muchas emociones y sentimientos muchas veces contrastantes: indignación y misericordia han sido las constantes durante esta experiencia pastoral.
Hay que denunciar que las condiciones de vida en el centro no son muy buenas. Más que apostar por la recuperación de estas personas se está intentando aislarlas durante un determinado número de años de la sociedad. Según las estadísticas, los internos de la cárcel en la mayoría de los casos volverán a delinquir.
Indicativos de esta tendencia son los porcentajes de los empleados:
1 funcionario cada 5 presos
1 psicólogo cada 300 presos.
Quizás se está haciendo todo lo posible, pero a mi me parece que esto es insuficiente en una civilización del siglo XXI.
Humanizar, humanizar este sitio inhumano: esta me parece la labor más urgente e importante que están realizando muchas personas. Voluntarios, educadores, empleados, médicos, funcionarios, profesores,
O. N. G. Pero, repito, me parece insuficiente. Gravemente insuficiente. Los problemas son enormes, lo sé, pero, ¿Se está intentando todo lo posible?
Con Marianna y Esperanza, otra voluntaria, desde hace algunas semanas estamos realizando un taller de valores humanos. Reflexionamos y nos confrontamos sobre algunos temas importantes como el amor, el perdón, la libertad, el mundo. A medida que nos confrontamos con ellos nos damos cuenta de los conceptos equivocados que cada uno tenemos con respecto a estas palabras. Juntos intentamos dar un nuevo contenido a estas palabras, que sea más verdadero y que nos ayude a sanar heridas, a desenmascarar los falsos conceptos de amor, libertad y felicidad que tenemos. Esta labor de confrontación con ellos es muy importante.
Nunca en mi vida he entendido mejor que en la cárcel, la equivalencia justicia-misericordia, que muchas veces encontramos en el mensaje evangélico.
En la cárcel un lugar donde se pretende “hacer justicia” y “verdad” según parámetros humanos... cada vez más me doy cuenta que esta Justicia humana no puede ser sino sinónimo de la Misericordia que nos enseña Dios. Si hay una justicia que funciona, esta no puede ser sino el practicar la misericordia.
Misericordia es saber que todos estamos en el corazón de Dios y que El está en nuestro corazón.
Dios tiene misericordia de toda persona. Pero sus predilectos son estos ciegos y cojos de la vida, estos pecadores, estas personas con los corazones heridos. Nosotros nos acercamos a ellos sabiendo que Jesús ya habita en ellos, que ya ha entrado en sus heridas y que poco a poco las sanará. Ha entrado y no saldrá hasta que haya sanado y curado a cada uno.
Este es el significado mismo de la palabra misericordia. Saber que todos con nuestras miserias, absolutamente todos, estamos en el corazón de Dios. Esta es su justicia: su amor lo sana todo. Esta es la fe que profesamos los voluntarios y lo que nos empuja cada día a apostar por la vida y la recuperación de estas personas.
Silvia Sartori-italiana |
DESDE ZAMBIA: EL PESO DE UNA REALIDAD QUOTIDIANA
Mongu. Tres de la tarde de un día lluvioso. Me encuentro con unos 40 jóvenes reunidos debajo del techo de aluminio de una iglesia que lleva casi cuatro años en construcción, en medio de un barrio de chabolas. La verdad es que nos sentimos muy cómodos en este gran resguardo, sin paredes y con el viento que cruza por todas partes. Después de rezar juntos, empezamos nuestra discusión de hoy: el SIDA y los jóvenes.
Mishek, uno de los líderes, es el primero, con un breve repaso a las causas más frecuentes del contagio del SIDA. En esta parte de Zambia la enfermedad está incrementando, especialmente entre los jóvenes. Aunque la mayoría de la gente, especialmente en las áreas urbanas como es esta pequeña ciudad de Mongu, oye hablar continuamente del Síndrome de la Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) y de cómo prevenirlo, todavía hay poca conciencia de la responsabilidad personal que entra en juego cuando se trata de prevención. Nuestra discusión se hace interesante pues las reacciones entre los jóvenes son varias. Aquí en Zambia, nadie se escapa del efecto de la epidemia: cada día perdemos a 290 personas, unas 12 por hora. Muchos de estos jóvenes son huérfanos debido al SIDA. La discusión se centra en el estigma que todavía existe por parte de la sociedad: los portadores o enfermos del SIDA están marginados.
Imbula pide la palabra; es uno de los veteranos del grupo, un chico de 27 años, casado y con un niño, al que ama muchísimo. Quiere compartir su experiencia. Todos lo escuchamos con atención. En el 2005 fue a hacerse la prueba en la clínica y resultó positivo. Su primera reacción fue de frustración pues pensó que su vida ya no tenía ningún sentido. Poco a poco, a través de la terapia y con la ayuda de amigos y de su esposa, entonces novia, comprendió que el SIDA no significa el fin de la vida. Hoy está todavía sano y sin necesidad de tomar los anti retrovirales. Aconseja a todos hacerse la prueba para conocer la verdad y poder vivir en paz consigo mismo. Hay que ser valientes para afrontar el resultado y dejarse ayudar.
Monde, una chica de 22 años alza la mano. Ella también quiere compartir su experiencia. Es madre soltera, con dos niños. Supo que era positiva hace solo dos años y desde hace un año está tomando anti retrovirales. Nos habla de que el SIDA es ahora una cosa normal en su vida y no tiene miedo de hablar de ello. Lo considera como una enfermedad cualquiera, aunque es consciente que se tiene que cuidar mucho para no enfermar. Nos invita a no juzgar a las personas por su aspecto. De hecho, ella no demuestra ningún signo de la enfermedad. Mientras ella continúa hablando, me viene a la mente Jenny, una chiquilla de 13 años, que vivía con su abuela en una chabola de juncos pobrísima.
Cuando la conocí, hará ya tres años, estaba en estado terminal y no se movía de su cama construida con pedazos de madera. Me pedía que si le podía enseñar inglés pues al colegio ya no podía ir debido a que las fuerzas no le permitían. Después de mi segunda visita murió. Su cuerpo esquelético estaba cubierto de llagas infectadas. Esta niña era una huérfana del SIDA: padre y madre murieron enfermos. La condición de extrema pobreza en la que vivía con su abuela que la cuidaba no le permitieron alargarle la vida.
Por aquel entonces el acceso a los antoretrovirales gratuitos no alcanzaba a todos. A la mente me viene también Silume. Estos días está muy enferma. Fue mi profesora de Silozi, la lengua local. Es maestra en una escuela primaria. Ha perdido apetito y mucho peso, y su cuerpo ya no responde a la tercera línea de tratamiento. Vive con una rabia dentro pues el marido le ha sido infiel durante todo el matrimonio y ha sido la causa de su actual situación. El marido está también reducido a los huesos. A ambos no les quedan muchos días de vida.
Vuelvo a casa y me siento cansada. El peso de esta realidad tremenda que es la enfermedad del SIDA y como está afectando la vida de muchos pobres me pesa y me duele. Cuando salgo a los poblados, visitando familias, me doy cuenta de que en las zonas rurales la situación es todavía peor debido a la falta de información y sé que la gente muere, especialmente niños y jóvenes, sin ni siquiera saber que los mató.
Me pongo a correr pues la lluvia empieza de nuevo. Siento como me moja y doy gracias a Dios por esta sensación refrescante. Ojala pudiéramos borrar toda señal del sufrimiento causado por el SIDA con esta agua caída del cielo…
Llego a casa, justo a tiempo, antes de que la lluvia se convierta en un fuerte aguacero, como suele ocurrir aquí. Mis sentimientos de impotencia y dolor se transforman poco a poco en una oración serena de esperanza para este pueblo que vive el calvario del SIDA con una inmensa fe en Dios y amor a la vida.
Hna. Eulàlia Capdevila Enríquez.
Mongu, Provincia Occidental de Zambia. Marzo 2009 |
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